viernes, 11 de julio de 2014

SAN BENITO DE NURCIA

La única fuente de vida de san Benito se halla en el libro II de los Diálogos, de san Gregorio.  En el prólogo de esta obra, cuya forma dialogada es ciertamente ficticia, Gregorio cuenta que un día, deseoso de descansar algo de los abrumadores afanes de su cargo, recordaba ante su interlocutor el diácono Pedro, amigo suyo desde hacía mucho tiempo, a tantos santos que habían podido entregarse a la contemplación, mientras él estaba aplastado por su trabajo de pastor.

Pedro le hizo observar que, por su parte, no conocía muchas personas excepcionalmente virtuosas, por lo que no comprendía que su recuerdo pudiera turbar al papa.  Es verdad que conocía hombres virtuosos, pero no parece que éstos hayan obrado maravillas, milagros, pues en todo caso si los hicieron se les ignora.  Gregorio le responde que él podría hablar largamente de tales personajes a quienes ha conocido por medio de testigos dignos de fe.  Pedro toma la ocasión al vuelo y pide a Gregorio que hable de ello, pues si la enseñanza de los doctores es saludable, más eficaces son los ejemplos de los santos y sus milagros para llegar a la humildad y para hacer desear el cielo.  Así lo hace Gregorio narrando hechos susceptibles de edificar, es decir de construir.  Estos relatos probarán además que Dios no abandona a su pueblo en medio de tantas calamidades como lo asaltan.  No más que en el Antiguo Testamento, o incluso en el Nuevo, faltan hoy hombres cuya vida y hechos maravillosos atestigüen que Dios no abandona a los que ama.  No sólo hubo santos en otro tiempo, en Oriente o en la Galia; también los conoce Italia y muy cercanos a nosotros.  Esto es lo que quieren demostrar los Diálogos, vida y milagros de los Padres italianos y sobre la eternidad de las almas, escritos entre julio del 593 y noviembre del 594.    

Los Diálogos comprenden 4 libros.  Los libros 1 y 3 constan respectivamente de 12 y 38 capítulos, poniendo en escena a 12 y a 37 personajes.  El libro II, 38 capítulos, está dedicado a un solo personaje:  Benito.  Por último, el libro IV está centrado sobre todo en un tema, el de la vida del alma después de la muerte, y continúa con una exposición sobre los fines últimos, ante todo doctrinal, pero ilustrada con muchos hechos maravillosos (el número de personajes, más difícil de establecer, es de unos 50).  No nos vamos a entretener aquí más  que en el libro II, pero importa no olivar que forma parte de un todo en el que la figura de Benito toma aún más relieve, pues está “verdaderamente lleno del espíritu de todos los justos, reuniendo de algún modo las virtudes y los dones de todos los demás”.

El prólogo del libro II comienza con una frase solemne:  Fuit vir vitae venerabilis, gratia Benedictus et nomineab ipso pueritiae suae tempore cor gerens senile.  Hubo un hombre de vida santa, “Bendecido” por la gracia y el nombre, que desde la infancia mostró la sabiduría de un anciano.  Nacido en Nursia, de una familia de clase alta, fue enviado a Roma para hacer allí estudios liberales.  Pero no tardó en alejarse, temiendo ser arrastrado al desorden moral en el que veía zozobrar a sus compañeros.  Dejó Roma así como la casa y los bienes de su padre, no deseando agradar más que a Dios:  soli Deo placere desiderans y aspirando a la vida monástica.  Se retiró pues, escogiendo la ciencia del no saber y la docta ignorancia:  scienter nescius et sapienter indoctus.
Tras esta presentación, Gregorio cita en seguida sus fuentes, pues él mismo no ha concoido a su héroe; son 4 hombres que conocieron a Benito:  Constantino, sucesor de Benito en Montecassino, Valentiniano, abad del monasterio de Letrán, Simplicius, sucesor de Constantino y Honorato, Abad de Subiaco, único que vive en el momento en que escribe Gregorio (Pról). Observamos que en los demás libros de los Diálogos, las fuentes suelen ser anónimas.  “se dice que”, “me han contado que”, etc.  En el libro II son citadas y si alguna vez se funda Gregorio en otro testimonio, lo dice.

Benito se retiró hacia lugares desiertos y empezó por detenerse en Enfide, donde las gentes quisieron retenerlo a él y a su nodriza (pues ésta que le amaba mucho le había acompañado en su retiro).  Un día se rompió uan criba traída por la nodriza.  Viendo la pena de ésta a la que amaba, Benito se puso a rezar.  ¡Y la criba fue reparada! El prodigio hizo ruido, se colgó el objeto en la puerta de la iglesia del lugar, “donde  se ha podido ver hasta la llegada de los lombardos” y Benito se fue más lejos, esta vez solo.  Y es que temía, después de tal milagro, ser tentado por la vanagloria. (continua aqui)

Fuente texto e imagen: Abadia Santa Maria


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